La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

*Publicada Abril 2011, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural

El cambio de gobierno en Chile dejó al descubierto un sinnúmero de problemas a lo largo de la sociedad. Esto último, no sólo debido a sus estrategias políticas, sino, además, por sus errores y por la naturaleza de todo cambio de gobierno. En términos generales, el diagrama neoliberal instalado por la dictadura militar y perfeccionado por los gobiernos de la concertación ha llegado a una situación sin precedentes, pues sus posibilidades de sofisticación, a manos de la derecha chilena, son aún mayores. De modo que: instalación, perfeccionamiento y sofisticación.

El neoliberalismo en tanto diagrama de poder que cruza la sociedad, no tiene como objetivo último limitar la intervención en el mercado, sino más bien producir equilibrio y homeostasis social. Un sistema de protección social en un marco neoliberal a lo Bachelet es la mejor evidencia. Esta característica ha quedado de manifiesto con la ayuda a la banca luego de la crisis económica de 1983 en Chile o con la crisis suprime en EEUU y la intervención de Obama. Quizás éste fue una de los mayores refuerzos de los gobiernos de la Concertación: perfeccionar los mecanismos de control, ya no mediante la represión explícita y cotidiana vivida en dictadura, sino ahora mediante la introyección del miedo, el aumento del bienestar material en la población y la absorción de los conflictos y resistencias mediante las instituciones democrática-liberales.

Así las cosas, Piñera y sus tripulantes se ubican sobre un país gobernable. Sobre el sistema político, ya no es necesario modificar el sistema electoral binominal, puesto que en las últimas elecciones la alianza entre partidos oficialistas y el partido comunista sirvió de contención a las protesta de cambio del sistema electoral, pues ¿para qué cambiar un sistema, si gran parte de la izquierda extraparlamentaria, ya tiene representación parlamentaria? ¿Para qué cambiar el sistema, argüiría el gobierno de derecha, si los excluidos ya fueron incluidos? Asimismo, la constitución Chilena, que aparece librada de enclaves autoritarios luego del maquillaje del gobierno de Ricardo Lagos, sigue sosteniendo, en lo medular, un modelo de poder neoliberal: un principio de subsidiaridad que rige el rol del Estado.
En cuanto a la dinámica, el discurso piñerista reafirma el mantenimiento del equilibrio y la negación de los conflictos y resistencias. Se extiende un discurso estigmatizador del sujeto popular a partir de enunciaciones del delincuente o lo criminal y enfatizando la centralidad de la seguridad en la política de gobierno. Eslóganes como “la tercera es la vencida”, “la puerta giratoria” o la resignificación del pasado 29 de marzo, día del joven combatiente, en “día del joven delincuente” son los mejores exponentes de esta estrategia retórica. De esta manera, se instalan distintos modos de subjetivación en torno a la delincuencia y se posibilita un conjunto de prácticas represivas y preventivas en torno al espacio público. Los mecanismos de producción de este discurso son, además de los aparatos políticos por excelencia (partidos políticos, políticos profesionales, centros de estudios, etc.), los medios de comunicación. Por un lado se infunde temor y, por otro, de justifica la intervención policiaca o militar con fin mantener el orden, el equilibrio, el estatus quo.

La cultura y la política son los grandes perdedores de esta historia. Mientras que distintos medios de comunicación introyectan el morbo y el miedo a grandes escalas con programas de espectáculos, crímenes o problemas privados de las personas, la industria cultural arrasa con la publicidad y el marketing sobre músicos, actores, creativos y artistas en general. La política no sufre menormente. El espacio público se reduce, la contestación por parte de los sectores dominados disminuye, la resistencia es absorbida. Es hora, como habría dicho Jorge Alessandri Rodríguez, de la “revolución de los gerentes”; es decir, sujetos acomodados con afinidad al cálculo económico y matemático o, en palabras de Piñera, personas de carácter “técnico”. El reflejo en las carteras ministeriales es claro: 77% fueron estudiantes de la Universidad Católica, el 72% son ingenieros de profesión y el 63% de los ministros son socios de empresas. La cuestión queda manifiesta, la llegada de Piñera, sea planeado o no, da cuenta de su relación íntima con el negocio y el avance de una “forma de pensar” centrada en los medios y no en los fines. Es la mercantilización de la política y de la cultura el proceso detrás del cambio de gobierno. En definitiva, el neoliberalismo chileno ha inaugurado una nueva era, esa edad de Oro tan apetecida por los empresarios: el día en que nuestros sacerdotes modernos, los economistas, gobiernen un país como Chile.

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