Una disputa ideológica: reforma tributaria

Una disputa ideológica: reforma tributaria

*Publicada 5 de septiembre 2012, Realismovisceral.cl

La discusión sobre la reforma tributaria es una polémica ideológica, vale decir, lo que está en juego es la sociedad que se anhela construir. En Chile somos espectadores de un debate político, pero, es cierto, revestido de tecnicismos. Mientras que en todo el período de transición a la democracia se trató de argumentos técnicos revestidos de discursos políticos regidos por la gramática de los acuerdos, ahora vemos el proceso inverso; la subversión de cierta gramática de la técnica sobre los procesos políticos, la instalación de problemas abiertamente ideológicos en la agenda pública, pero que  intentan ser omitidos por la mayoría de la elite política.

Aunque la decisión del congreso lo niegue, ya no se trata más de unos puntos porcentuales que aumentan o disminuyen, sino de los principios y valores que inspiran y rigen el actuar del gobierno y los ciudadanos.

El día de ayer presenciamos la culminación de un proceso político que significó la aprobación del proyecto de reforma tributaria del gobierno de Sebastián Piñera. Esta vez, luego de 7 propuestas, dimes y diretes, se terminó aprobando. Los Estudiantes, Gabriel Boric mediante, expresaron el repudio a este tipo de prácticas “a espaldas del movimiento”. Gran problema el de Boric, pues era institucionalmente imposible incluir como legisladores a los estudiantes, pero también gran problema para el país, al eludir las “cuestiones de fondo” que el movimiento estudiantil ha relevado en la esfera pública chilena.

“Se aprobó porque se avanzó”, sostenían próceres de la Concertación. Para posteriormente continuar con “no es lo que se quería, pero dentro de nuestras posibilidades es un buen acuerdo”. Había algo de agraz en las sentencias de la oposición lo que ya permitía articular su rabia e intereses y resistir o “muñequear” en otros espacios político-institucionales donde conduce la aprobación de la propuesta tributaria. Por eso no es extraño que la Ley de Presupuesto (a discutir en octubre) sea la próxima lucha que se libre por la educación en Chile.

¿Por qué la oposición aprobó la propuesta si terminaron con un “gusto amargo”? La respuesta es algo típica y se remonta a los discursos de la transición: se votó a favor ya que “hubo aumentos considerables para…” o, en el mismo sentido pero a la inversa, porque “hay bajas considerables que ayudan a todos los chilenos…”. Las mentes calculantes de los parlamentarios se erigían en torno a “ajustes”, “aumentos” y “bajas”, mientras olvidaban las cuestiones políticas de fondo planteadas por los estudiantes. ¿Cuáles eran los argumentos que justificaron su decisión para aprobar? Recursos extras para educación cristalizados en un Fondo de 4.000.000.000 de dólares que a partir del 2014 dará utilidades permanentes a la educación pública, la duplicación del Fondo de Apoyo para la gestión Municipal (FAGEM) y 10.000.000 de dólares para “convenios de cumplimiento” con la Universidades del Consejo de Rectores.

Detrás de cada una de estas medidas hay una “triquiñuela” que, para ser justo, si bien confirma una actitud del Gobierno, es patrimonio de la política desde tiempos inmemoriales. Se entregan más recursos, pero no se cede en las cuestiones ideológicas. Mientras sueltan la billetera ganan donde más duele. Con esta reforma tributaria el gobierno reafirma uno de los puntos en disputa por parte de las luchas por la educación: el copago.

Como ha sido largamente datado, bastaría con consultar los estudios que Harald Beyer publicaba antes de ser ministro, el copago es uno de los elementos internos al sistema educacional que, a lo menos, refuerza la segregación socio-educativa, haciendo, en la práctica, que existan colegios para quienes puedan pagar más y quienes no, para pobres y ricos. El gobierno no cedió respecto al incentivo tributario a los padres que elijan enviar a sus hijos a la educación particular subvencionada y/o con copago. Por el contrario, mantuvo este incentivo, pero se lo extendió a la educación pública y con restricciones de ingreso familiar.

¿Por qué en vez de ceder se  prefiere morigerar esta propuesta específica? El motivo es que detrás de estas medidas se ocultan puntos de vistas ideológicos, argumentos normativos, es decir, que provienen de ciertos principios y valores que rigen (o deberían regir) la sociedad que queremos. Con esto, nuevamente se vuelve a un lugar común de la política Chilena. El problema no son los números o metodologías sino valores y principios. En realidad siempre se ha tratado de lo mismo aunque disfrazado de técnico y científico. Las preguntas que restan por responder estriban en el rol de los bienes públicos para nuestro país y cuestionar los estigmas que se alojan detrás de la postura del gobierno. ¿Cuál es la justificación a una aversión a lo público? ¿Por qué se cree que es mejor o más justo dar el espacio a que las familias decidan, si detrás de eso puede mermarse la entrega de un bien público como la educación?

¿Qué sucede si todas las familias de chile prefieren la educación particular por  su calidad u otros motivos: hay que dejar que las escuelas públicas se extingan y que el Estado no provea este derecho consagrado en las cartas constitucionales y democráticas? Detrás de estas interrogantes se leen dos grandes posturas en Chile; no es la derecha versus la izquierda, tampoco la Alianza versus la Concertación sino dos posturas que circulan a través de ellos. Una fomenta la particularidad de los intereses de la sociedad civil, otra apela la universalidad como constitutivo de una república democrática. Si la primera se enrosca en el interés privado radicado en el individuo, una familia o una corporación, la segunda apela a la supremacía del interés universal de lo público.

¿Una política sin distinciones?

¿Una política sin distinciones?

*Publicada el 2007, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural, Nº10, 2007, año 3.

La dimensión semántica, como propia del lenguaje humano, se refiere principalmente a las significaciones de las palabras. Se preguntarán a qué me refiero. De cierta forma la semántica vendría a ser la gama de significados que rodean a una enunciación o significante. Y como toda relación social se construye sobre la base del lenguaje humano, la semántica cubre un gran, sino todo, el espectro de la vida humana.

Lo importante de lo anterior es que la semántica es lo que entra en juego cuando lo «que se dice» expresa o no realmente «lo que se quiere decir»; cuando lo que decimos tiene, o no tiene, relación directa con el significado que nosotros queremos enfatizar. La semántica enriquece el lenguaje, no tan solo con una gran gama de significados que se asocian a un acto, palabra o discurso, sino también con incoherencias, chistes en doble sentido e, incluso, la posibilidad de ironizar sobre algunas cosas de la vida.

Ahora, si bien es evidente, luego de lo que se dijo líneas mas arriba, la política se caracterizaría particularmente por tener «mucha» semántica. Muchas veces algunos dirigentes políticos «dicen algo», pero, luego de recurrir a la semántica, dicen que eso «no es lo que querían decir». Por otro lado, muchos políticos realizan acciones en aras «del bienestar de la gente», pero extrañamente son mal interpretadas y se le asocian significados completamente opuestos al «bienestar social» (con mi ironía, soy yo quién apela ahora a la semántica). Podría seguir, pero no quiero extenderme en demasía. Lo relevante de la cuestión es que se podría decir, desde este ángulo, que la política se caracteriza por una «hiper-semántica», o a lo menos, de una gran gama significaciones que pueden ser comprendidas, a lo menos, como diferentes.

Con todo ¿Qué quiero decir con esto? Hace ya algunos días atrás tuve la oportunidad de ver un breve entrecruzamiento de argumentos entre el ex candidato presidencial de Renovación Nacional, Sebastián Piñera, y el cientísta político Alfredo Joignant. Todo esto en el marco de un programa de televisión del departamento de prensa de TVN.

En tal ocasión, el cientísta político se refería a la coalición gobernante como «Concertación» mientras que a la coalición opositora la denominaba como la «Derecha». Frente a la distinción hecha por Joignant, el ex candidato presidencial argumentó en contra, diciendo que la distinción entre ambas coaliciones debe ser por sus respectivos nombres (Concertación y Alianza), ya que si se identificaba a la Alianza con la Derecha, la Concertación debía identificarse con la izquierda. ¿Qué tienen de novedoso o de controversial lo anterior? Según Joinant la Concertación no es una coalición típicamente de izquierda, sino más bien de «centro-izquierda». Aquí es donde entra en juego la semántica, pues la contra argumentación lanzada por el político es que «si hablamos de centro-izquierda, también debemos hablar de centro-derecha», equiparando la comparación. Pero ¿Qué significa lo anterior?
Lo que aquí entra en juego, la semántica, no es una simple utilización de tal o cual concepto, pues lo que hay tras la conversación, independientemente lo que uno puede opinar sobre la posición sobre uno u otro, permite realizar una reflexión más o menos significativa sobre la política y lo político.

Lo que sucede tras la discusión de estos personajes es una disputa por el «centro» del espectro entre izquierda y derecha. Por un lado, el Sr. Joignant, al hablar de «concertación y derecha», incorpora el sector de centro a la concertación, excluyéndolo de la derecha. Por otro, el Sr. Piñera hablaría de «centro-derecha», atribuyéndole a la derecha cierta cualidad del centro político. Ambas posturas concuerdan en algo: El centro del espectro político tiene gran relevancia para la realización de las propuestas de ambas coaliciones.

Si bien la aseveración hecha en el párrafo anterior parece ser verdad ¿Acaso no parece obvio que el centro político es una variable crucial a la hora de competir por el Poder en la política chilena? Es cierto, puede que sea verdad, pero es una verdad trivial, como decir que «2+2=4».

Lo interesante de la discusión es que podría reflejar la constante política centrista que ha caracterizado en la actualidad a la política tradicional chilena. Orientación que al acercarse al centro del espectro político, dificulta la identificación entre lo que vendría a ser la izquierda y la derecha. Esto nos lleva a otra interrogante ¿Existe un eje diferenciador entre la izquierda y la derecha, además del obvio rol histórico que han tenido los partidos políticos entorno a uno u otra posición? por lo menos de manera superficial, y de buenas a primeras, la respuesta sería negativa.

Al parecer este estatus difuso entre izquierda y derecha, concuerda con las posturas de ir «más allá» de la llamada política entre izquierda y derecha, superponiendo a las cuestiones técnicas por sobre las políticas. Buscando amplios consensos, evitando así un conflicto que incomode a la «clase dirigente». Por otra parte se suele asociar este discurso centrista, particular de la «tercera vía» formulada por Giddens -y expuesta en cierta medida por Blair- o esta izquierda «renovada» de los noventas.

Lo que se intenta plantear es que esta concepción de lo político, que trata de arrasar con el conflicto y el antagonismo, acercándose a posturas consensuadas y centristas, termina por disociar el carácter conflictivo de la política democrática. Logrado así, «vaciar de significado» a conceptos como izquierda y derecha. Lo cierto es que dicha perspectiva termina por concebir acuerdos en un «gran» número de ámbitos, y no sólo en algunos considerados como esenciales, encerrando el debate y el antagonismo entre dichos puntos de consenso. Puntos de consenso que aumentan acorde al desplazamiento de la política chilena hacia el centro.

En efecto, las relaciones identitarias y de poder que constituyen la política democrática son marginadas hacia lo «indebido», entendiendo estas formas y luchas de poder como ilegítimo; no por nada aparecen políticos, negando el rol constitutivo del Poder, esgrimiendo que el «Poder corroe las instituciones políticas».Esta concepción «consensuada» de lo político podría cristalizarse en un impedimento de los cuestionamientos, configurando así una perspectiva en el «sentido común» de carácter monocromático y unidireccional en cuanto a la realidad política.

Artes y letras: el avance de la industria cultural en Chile

Artes y letras: el avance de la industria cultural en Chile

*Publicada 2008, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural, Nº 12, año 4, Santiago de Chile, 2008, pp. 3.

El paisaje cultural en Chile está atravesando un proceso de canibalización. Dentro del campo cultural, el ámbito de las artes –literatura, teatro, música, plástica y video- puede caracterizarse durante estos años por una división entre, por un lado, la «industria cultural», consistente en los medios que operan para el «mercado de mensajes» (como la televisión, radio, industria editorial y discográfica) y, por otro, una «cultura no-oficial», que funciona entorno a circuitos comunitarios, asumiendo una expresión marginal, y en medios no comerciales y autogestionados. Esta diferenciación, aunque útil por su valor explicativo, no logra aprehender la que sucede en la realidad nacional. Lo cierto es, que ambas lógicas operan de manera simbiótica y coordinada, donde muchas veces lo no-oficial pasa a ser la punta de lanza en el avance de la industria cultural o, por el contrario, donde los grandes productos industriales (como los personajes famosos de canales de televisión) quedan en el suelo como desechos o insumos ya exprimidos hasta la sequedad. «Lo alternativo» no es más diferencia, sino moda y repetición. No es que se haya desarrollado algún dispositivo de réplica o resistencia a la cultura de masas, sino más bien, se han formado conglomerados de «aficionados» que, si es que llegaran a mostrar un rasgo de singularidad u originalidad, serían cooptados por «cazadores de talento».

En el caso de los libros y la literatura, el circuito latinoamericano se encuentra, por un frente, a la dictadura editorial barcelonesa y, por otro, al avance de seriales de televisión de larga duración; en otras palabras, están frente a la espada y la pared. Luego de la nueva narrativa chilena, donde la literatura era parte de la cultura pop, se ha dejado espacio a grandes seriales de televisión (principalmente de televisión por cable) que cautivan adictivamente con una múltiple gama de personajes y sub-tramas. Junto con ello, si no se logra publicar en una casa editorial española, la literatura no garantiza su éxito frente a los lectores. El libro y el modelo de cultura que éste representa, parecen ceder frente al avance de los productos mediáticos, a menos que logre reinventarse y posicionarse de manera diferente a la «alta cultura» con la cual se enlaza.

Asimismo, ya con la llegada de la dictadura militar el teatro sufre un gran retraimiento en el campo universitario, perdiendo su calidad experimental que hasta ese entonces lo distinguía. El surgimiento de un «teatro comercial» acompañado del género televisivo de la telenovela se contrapone a otra forma de cultivo de las artes escénicas. El contrapunto de la industrialización del teatro en dictadura, fueron las variantes en el teatro profesional independiente (estilo ICTUS) y los de corte aficionado como el teatro «popular». Es el primero de estos (profesional independiente), el que alcanza una estabilidad, aunque precaria, dentro de las artes escénicas. De hecho, es el nicho en donde se insertan los distintos actores exiliados con el fin de acomodarse nuevamente en el ambiente artístico post-autoritarismo ya institucionalizado gracias a pequeñas subvenciones por parte del Estado. De esta manera, si bien existe un aumento del público asistente al teatro, ésta se debe principalmente al crecimiento de casas de estudios que imparten la carrera a niveles masivos y a la sofisticación de los eventos, con artistas reconocidos o temáticas estereotipadas. Así desde la creación teatral y cultivo de la cultura se llega hasta la formalización de una producción escénica y consumo cultural.

En el ámbito de la plástica no es muy distinto al anterior. El consumo cultural comprendido, en este caso, como asistencia a exposiciones de artes visuales claramente ha aumentado. Desde la década del 80 la plástica es acompañada por el surgimiento de instituciones privadas que fomentan e instrumentalizan las artes visuales. Dentro de ellas podemos contar con la presencia de grandes corporaciones como CCU, Telefónica, Bank Boston y Chiletabacos, quienes han contado con programas de fomento a las artes, principalmente visuales. La plástica se trenza con la publicidad y con ello el fortalecimiento de galerías en lugares «top» del barrio alto. La publicidad y la instrumentalización corporativa son las piezas que sustentan el avance de galerías de arte que ofertan obras dirigidas a un público segmentado y previamente evaluado. Sin embargo, hay que mencionarlo, aún se tiene a los museos, como plataformas ya tradicionales dentro del mundo artístico, y ciertas galerías del ambiente no-oficial que podrían desarrollarse.

En cuanto a la música el cambio ha sido radical. Ya desde el siglo XIX la música representaba uno de los factores más importantes dentro del campo cultural. No obstante, si bien antes la práctica musical, es decir, cantar y tocar la música, era una necesidad para el cultivo de música; ahora se entiende bajo la suma de descargas vía Internet, la recepción radial, asistencia a eventos masivos o compras de discos compactos. La música, entendida como creación musical, viene siendo caníbalizada por la industria discográfica, y ésta por las redes de ordenadores «peer to peer» de Internet. Así, en la actualidad, hablar del público de música implica hablar de un público recluido en su hogar reproduciendo música en su computador o mini-componente; recluyendo a lo excepcional la creación y práctica musical.
Al parecer la institucionalización de un cierto modelo de producción cultural, acompañado de ciertos dispositivos de mercado que moldean las relaciones que ocurren dentro de lo cultural, son los ingredientes del circuito cultural en Chile. El avance tecnológico, entonces, comienza a fundirse en una sola pieza con la cultura, orientado, por supuesto, a un tipo de sociedad del espectáculo y la farándula. El carácter transversal que se encuentra es la producción cultural, salvaguardada por el marketing y la publicidad, dota de cierta profundidad en el imaginario colectivo. En la actualidad, por lo tanto, conviene hablar de producción cultural. De «producción», «consumo» y «mercado» cultural, donde la totalidad de productos artísticos se enmarca con mayor seguridad. Pero, ¿acaso no existe alguna exterioridad cultural a esto que hemos llamado «industria cultural»? Existe, pero no a los ojos de muchos o de manera directa y por imágenes (como sucede en el mercado de mensajes) sino que camuflada, mimetizada en otros ámbitos, como la vida cotidiana y las fiestas, por ejemplo. Así, la creación artística y el cultivo de la cultura que se podrían situar fuera de este aparataje industrial, es invisible a los ojos de la industria, pues de lo contrario serían cooptados por los mencionados «cazadores de talentos», quienes ya tienen aminorado su trabajo gracias al valor agregado de la fama y del estatus de ser conocido.

Por lo tanto existe una forma de cultivar la cultura, ya no mediante las cámaras de TV y asociaciones económicas, sino a través de una lucha por la cultura fuera de la industria masiva y el mercado de mensajes, enfrentada a nosotros mismos, en el quehacer diario, en el arte mismo de vivir. Esta política de vida, completamente distinta a la del artista-oferente de cuño industrial, se propone una reacción en cadena en contra de, por un lado, los artistas de su tiempo ligados con la diversión y la sociedad del espectáculo y, por otro lado, en contra de sí mismo intentando negar las tentaciones de la maquinaria cultural y a la vez auto-criticándose con el fin de ser novedoso en su creación. Ulteriormente al disciplinamiento cultural ocurrido bajo el régimen autoritario, la fragmentación cultural manifestada en la especificación de la especificación de las prácticas artísticas (por ello la falta de artistas integrales que transitan entre los distintos ámbitos de la artes), entronca como columna vertebral de la cultura chilena actual. Es solo el espíritu del artista, que busca la creación y no la (re)producción del arte, quien puede ubicarse como una excepción frente a la regla de la industria.

La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

*Publicada Abril 2011, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural

El cambio de gobierno en Chile dejó al descubierto un sinnúmero de problemas a lo largo de la sociedad. Esto último, no sólo debido a sus estrategias políticas, sino, además, por sus errores y por la naturaleza de todo cambio de gobierno. En términos generales, el diagrama neoliberal instalado por la dictadura militar y perfeccionado por los gobiernos de la concertación ha llegado a una situación sin precedentes, pues sus posibilidades de sofisticación, a manos de la derecha chilena, son aún mayores. De modo que: instalación, perfeccionamiento y sofisticación.

El neoliberalismo en tanto diagrama de poder que cruza la sociedad, no tiene como objetivo último limitar la intervención en el mercado, sino más bien producir equilibrio y homeostasis social. Un sistema de protección social en un marco neoliberal a lo Bachelet es la mejor evidencia. Esta característica ha quedado de manifiesto con la ayuda a la banca luego de la crisis económica de 1983 en Chile o con la crisis suprime en EEUU y la intervención de Obama. Quizás éste fue una de los mayores refuerzos de los gobiernos de la Concertación: perfeccionar los mecanismos de control, ya no mediante la represión explícita y cotidiana vivida en dictadura, sino ahora mediante la introyección del miedo, el aumento del bienestar material en la población y la absorción de los conflictos y resistencias mediante las instituciones democrática-liberales.

Así las cosas, Piñera y sus tripulantes se ubican sobre un país gobernable. Sobre el sistema político, ya no es necesario modificar el sistema electoral binominal, puesto que en las últimas elecciones la alianza entre partidos oficialistas y el partido comunista sirvió de contención a las protesta de cambio del sistema electoral, pues ¿para qué cambiar un sistema, si gran parte de la izquierda extraparlamentaria, ya tiene representación parlamentaria? ¿Para qué cambiar el sistema, argüiría el gobierno de derecha, si los excluidos ya fueron incluidos? Asimismo, la constitución Chilena, que aparece librada de enclaves autoritarios luego del maquillaje del gobierno de Ricardo Lagos, sigue sosteniendo, en lo medular, un modelo de poder neoliberal: un principio de subsidiaridad que rige el rol del Estado.
En cuanto a la dinámica, el discurso piñerista reafirma el mantenimiento del equilibrio y la negación de los conflictos y resistencias. Se extiende un discurso estigmatizador del sujeto popular a partir de enunciaciones del delincuente o lo criminal y enfatizando la centralidad de la seguridad en la política de gobierno. Eslóganes como “la tercera es la vencida”, “la puerta giratoria” o la resignificación del pasado 29 de marzo, día del joven combatiente, en “día del joven delincuente” son los mejores exponentes de esta estrategia retórica. De esta manera, se instalan distintos modos de subjetivación en torno a la delincuencia y se posibilita un conjunto de prácticas represivas y preventivas en torno al espacio público. Los mecanismos de producción de este discurso son, además de los aparatos políticos por excelencia (partidos políticos, políticos profesionales, centros de estudios, etc.), los medios de comunicación. Por un lado se infunde temor y, por otro, de justifica la intervención policiaca o militar con fin mantener el orden, el equilibrio, el estatus quo.

La cultura y la política son los grandes perdedores de esta historia. Mientras que distintos medios de comunicación introyectan el morbo y el miedo a grandes escalas con programas de espectáculos, crímenes o problemas privados de las personas, la industria cultural arrasa con la publicidad y el marketing sobre músicos, actores, creativos y artistas en general. La política no sufre menormente. El espacio público se reduce, la contestación por parte de los sectores dominados disminuye, la resistencia es absorbida. Es hora, como habría dicho Jorge Alessandri Rodríguez, de la “revolución de los gerentes”; es decir, sujetos acomodados con afinidad al cálculo económico y matemático o, en palabras de Piñera, personas de carácter “técnico”. El reflejo en las carteras ministeriales es claro: 77% fueron estudiantes de la Universidad Católica, el 72% son ingenieros de profesión y el 63% de los ministros son socios de empresas. La cuestión queda manifiesta, la llegada de Piñera, sea planeado o no, da cuenta de su relación íntima con el negocio y el avance de una “forma de pensar” centrada en los medios y no en los fines. Es la mercantilización de la política y de la cultura el proceso detrás del cambio de gobierno. En definitiva, el neoliberalismo chileno ha inaugurado una nueva era, esa edad de Oro tan apetecida por los empresarios: el día en que nuestros sacerdotes modernos, los economistas, gobiernen un país como Chile.

Apropósito de la salud pública en Chile

Apropósito de la salud pública en Chile

*Publicada 24 de Abril 2012, Ballotage. Revista de Opinión Pública ISSN0719-0212

Con la denuncia del brote epidémico de la bacteria Clostridium Difficile en la Posta Central —y, luego, de una segunda bacteria— comenzó una historia en la cual participaron el ministro Mañalich, diputados de la oposición, médicos del hospital y hasta los familiares de Daniel Zamudio, coronándose con el cierre la unidad de quemados. La opción del gobierno fue bajarle el perfil a los gritos de la oposición y asegurar que la bacteria es común en el organismo y que no produce la muerte. El cierre del servicio fue una orden de las autoridades de la unidad asistencial, pero fue una medida momentánea al ser, 4 horas después, determinada su reapertura por el Minsal y así poner término a la “alharaca”. La disputa entre los médicos del hospital y el ministerio de Salud apareció como una lucha por la objetividad. Mientras que los primeros criticaban la “pseudotranquilidad” de las autoridades de gobierno  al no basarse en la realidad, los segundos apelaban a su neutralidad sustentada en estadísticas regionales en materia de salud y respondiendo con críticas a los diputados que apoyaron a los profesionales de la Posta Central por el nexo que establecieron con la muerte de Daniel Zamudio. Unos no eran neutrales porque no deseaban “alarmar a la gente” para mantener la imagen de “buen gobierno”, otros perdían objetividad al ser instrumentalizados por la oposición para obtener mayores créditos políticos. Detrás de las pretensiones de neutralidad se esconde una posición política.

¿Porqué cuidar la imagen de la salud chilena en la opinión pública? La salud entendida como bien colectivo cruza el nivel más denso del tejido social. Ya con la ilustración, aunque podría rastrearse más atrás, la vida humana se entrona como sagrada, destinada a resguardarse frente a los peligros. También esta idea está en los cimientos de la sociedad chilena. Deseamos un médico por televisión, comprar alimentos saludables, consumir sustancias naturales y una farmacia en cada esquina para mantenernos sanos. Asimismo, esta condición logra reflejarse fácilmente en las desigualdades de la sociedad chilena. Por más que el gobierno se compare con la región, los índices del club de países desarrollados al cual pertenecemos nos complica el panorama. Según la OCDE deberíamos tener 1 médico por cada 400 habitantes, pero en muchas localidades tenemos uno cada 890. La magnitud se expone toda vez que comunas ricas como Las Condes o Vitacura tienen 1 médico por cada 100 personas. Primero, las comunas con mejores ingresos tienen mejores índices de salud. Segundo, quienes tienen mayor capacidad de pago tienen salud de calidad. Esto se corrobora en las cifras: el 80% de los chilenos se atienden en el sistema de salud pública y ésta cuenta con bajos niveles de calidad en comparación al sector privado. Si los sueldos son los que mandan, los buenos médicos se trasladan al ámbito privado. Así, más allá de las cuestiones técnicas y científicas, lo cierto es que los alegatos de los trabajadores del hospital se dirigían a develar la precariedad de la situación de los hospitales públicos. Detrás del tildado “alarmismo” se decía: “trabajamos con bajos sueldos, precarias condiciones técnicas y con una gran demanda de pacientes”.

En un par de horas, personas aparecían en el frontis de la Posta Central gritando por sus derechos, por la muerte de uno de sus seres queridos o por un familiar enfermo. La denuncia se convirtió en escándalo y éste en “alharaca”. ¿Y cómo no? ¿Cómo no colgarse de este caso para reivindicar un derecho universal como es el de la salud? ¿Cómo no aprovechar de criticar al Estado y al gobierno de turno por la inequidad y mala calidad de la salud chilena? Una simple bacteria le hizo más difícil una semana al gobierno, pero puede ser más que eso. Una bacteria que puede calar hondo y que expone un tema pendiente: la salud en Chile no es muy buena y parece ser un factor estratégico tanto para las luchas sociales como para un gobierno que pretenda mejorar cualitativamente la situación del país. Una bacteria que expone una suerte de patología social, una desigualdad en la distribución de la salud en términos de profesionales, calidad de servicio y cobertura de enfermedades. Puede que este tema se agote muy pronto, como suelen hacerlo muchos otros temas en el debate público, pero puede también que se engarce con las deficiencias de otros hospitales, con los alegatos de otros enfermos o con los desaciertos del ministro. Cualquiera sea el caso, es algo de lo cual hay que hacerse cargo.