¿Una política sin distinciones?

¿Una política sin distinciones?

*Publicada el 2007, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural, Nº10, 2007, año 3.

La dimensión semántica, como propia del lenguaje humano, se refiere principalmente a las significaciones de las palabras. Se preguntarán a qué me refiero. De cierta forma la semántica vendría a ser la gama de significados que rodean a una enunciación o significante. Y como toda relación social se construye sobre la base del lenguaje humano, la semántica cubre un gran, sino todo, el espectro de la vida humana.

Lo importante de lo anterior es que la semántica es lo que entra en juego cuando lo «que se dice» expresa o no realmente «lo que se quiere decir»; cuando lo que decimos tiene, o no tiene, relación directa con el significado que nosotros queremos enfatizar. La semántica enriquece el lenguaje, no tan solo con una gran gama de significados que se asocian a un acto, palabra o discurso, sino también con incoherencias, chistes en doble sentido e, incluso, la posibilidad de ironizar sobre algunas cosas de la vida.

Ahora, si bien es evidente, luego de lo que se dijo líneas mas arriba, la política se caracterizaría particularmente por tener «mucha» semántica. Muchas veces algunos dirigentes políticos «dicen algo», pero, luego de recurrir a la semántica, dicen que eso «no es lo que querían decir». Por otro lado, muchos políticos realizan acciones en aras «del bienestar de la gente», pero extrañamente son mal interpretadas y se le asocian significados completamente opuestos al «bienestar social» (con mi ironía, soy yo quién apela ahora a la semántica). Podría seguir, pero no quiero extenderme en demasía. Lo relevante de la cuestión es que se podría decir, desde este ángulo, que la política se caracteriza por una «hiper-semántica», o a lo menos, de una gran gama significaciones que pueden ser comprendidas, a lo menos, como diferentes.

Con todo ¿Qué quiero decir con esto? Hace ya algunos días atrás tuve la oportunidad de ver un breve entrecruzamiento de argumentos entre el ex candidato presidencial de Renovación Nacional, Sebastián Piñera, y el cientísta político Alfredo Joignant. Todo esto en el marco de un programa de televisión del departamento de prensa de TVN.

En tal ocasión, el cientísta político se refería a la coalición gobernante como «Concertación» mientras que a la coalición opositora la denominaba como la «Derecha». Frente a la distinción hecha por Joignant, el ex candidato presidencial argumentó en contra, diciendo que la distinción entre ambas coaliciones debe ser por sus respectivos nombres (Concertación y Alianza), ya que si se identificaba a la Alianza con la Derecha, la Concertación debía identificarse con la izquierda. ¿Qué tienen de novedoso o de controversial lo anterior? Según Joinant la Concertación no es una coalición típicamente de izquierda, sino más bien de «centro-izquierda». Aquí es donde entra en juego la semántica, pues la contra argumentación lanzada por el político es que «si hablamos de centro-izquierda, también debemos hablar de centro-derecha», equiparando la comparación. Pero ¿Qué significa lo anterior?
Lo que aquí entra en juego, la semántica, no es una simple utilización de tal o cual concepto, pues lo que hay tras la conversación, independientemente lo que uno puede opinar sobre la posición sobre uno u otro, permite realizar una reflexión más o menos significativa sobre la política y lo político.

Lo que sucede tras la discusión de estos personajes es una disputa por el «centro» del espectro entre izquierda y derecha. Por un lado, el Sr. Joignant, al hablar de «concertación y derecha», incorpora el sector de centro a la concertación, excluyéndolo de la derecha. Por otro, el Sr. Piñera hablaría de «centro-derecha», atribuyéndole a la derecha cierta cualidad del centro político. Ambas posturas concuerdan en algo: El centro del espectro político tiene gran relevancia para la realización de las propuestas de ambas coaliciones.

Si bien la aseveración hecha en el párrafo anterior parece ser verdad ¿Acaso no parece obvio que el centro político es una variable crucial a la hora de competir por el Poder en la política chilena? Es cierto, puede que sea verdad, pero es una verdad trivial, como decir que «2+2=4».

Lo interesante de la discusión es que podría reflejar la constante política centrista que ha caracterizado en la actualidad a la política tradicional chilena. Orientación que al acercarse al centro del espectro político, dificulta la identificación entre lo que vendría a ser la izquierda y la derecha. Esto nos lleva a otra interrogante ¿Existe un eje diferenciador entre la izquierda y la derecha, además del obvio rol histórico que han tenido los partidos políticos entorno a uno u otra posición? por lo menos de manera superficial, y de buenas a primeras, la respuesta sería negativa.

Al parecer este estatus difuso entre izquierda y derecha, concuerda con las posturas de ir «más allá» de la llamada política entre izquierda y derecha, superponiendo a las cuestiones técnicas por sobre las políticas. Buscando amplios consensos, evitando así un conflicto que incomode a la «clase dirigente». Por otra parte se suele asociar este discurso centrista, particular de la «tercera vía» formulada por Giddens -y expuesta en cierta medida por Blair- o esta izquierda «renovada» de los noventas.

Lo que se intenta plantear es que esta concepción de lo político, que trata de arrasar con el conflicto y el antagonismo, acercándose a posturas consensuadas y centristas, termina por disociar el carácter conflictivo de la política democrática. Logrado así, «vaciar de significado» a conceptos como izquierda y derecha. Lo cierto es que dicha perspectiva termina por concebir acuerdos en un «gran» número de ámbitos, y no sólo en algunos considerados como esenciales, encerrando el debate y el antagonismo entre dichos puntos de consenso. Puntos de consenso que aumentan acorde al desplazamiento de la política chilena hacia el centro.

En efecto, las relaciones identitarias y de poder que constituyen la política democrática son marginadas hacia lo «indebido», entendiendo estas formas y luchas de poder como ilegítimo; no por nada aparecen políticos, negando el rol constitutivo del Poder, esgrimiendo que el «Poder corroe las instituciones políticas».Esta concepción «consensuada» de lo político podría cristalizarse en un impedimento de los cuestionamientos, configurando así una perspectiva en el «sentido común» de carácter monocromático y unidireccional en cuanto a la realidad política.

Artes y letras: el avance de la industria cultural en Chile

Artes y letras: el avance de la industria cultural en Chile

*Publicada 2008, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural, Nº 12, año 4, Santiago de Chile, 2008, pp. 3.

El paisaje cultural en Chile está atravesando un proceso de canibalización. Dentro del campo cultural, el ámbito de las artes –literatura, teatro, música, plástica y video- puede caracterizarse durante estos años por una división entre, por un lado, la «industria cultural», consistente en los medios que operan para el «mercado de mensajes» (como la televisión, radio, industria editorial y discográfica) y, por otro, una «cultura no-oficial», que funciona entorno a circuitos comunitarios, asumiendo una expresión marginal, y en medios no comerciales y autogestionados. Esta diferenciación, aunque útil por su valor explicativo, no logra aprehender la que sucede en la realidad nacional. Lo cierto es, que ambas lógicas operan de manera simbiótica y coordinada, donde muchas veces lo no-oficial pasa a ser la punta de lanza en el avance de la industria cultural o, por el contrario, donde los grandes productos industriales (como los personajes famosos de canales de televisión) quedan en el suelo como desechos o insumos ya exprimidos hasta la sequedad. «Lo alternativo» no es más diferencia, sino moda y repetición. No es que se haya desarrollado algún dispositivo de réplica o resistencia a la cultura de masas, sino más bien, se han formado conglomerados de «aficionados» que, si es que llegaran a mostrar un rasgo de singularidad u originalidad, serían cooptados por «cazadores de talento».

En el caso de los libros y la literatura, el circuito latinoamericano se encuentra, por un frente, a la dictadura editorial barcelonesa y, por otro, al avance de seriales de televisión de larga duración; en otras palabras, están frente a la espada y la pared. Luego de la nueva narrativa chilena, donde la literatura era parte de la cultura pop, se ha dejado espacio a grandes seriales de televisión (principalmente de televisión por cable) que cautivan adictivamente con una múltiple gama de personajes y sub-tramas. Junto con ello, si no se logra publicar en una casa editorial española, la literatura no garantiza su éxito frente a los lectores. El libro y el modelo de cultura que éste representa, parecen ceder frente al avance de los productos mediáticos, a menos que logre reinventarse y posicionarse de manera diferente a la «alta cultura» con la cual se enlaza.

Asimismo, ya con la llegada de la dictadura militar el teatro sufre un gran retraimiento en el campo universitario, perdiendo su calidad experimental que hasta ese entonces lo distinguía. El surgimiento de un «teatro comercial» acompañado del género televisivo de la telenovela se contrapone a otra forma de cultivo de las artes escénicas. El contrapunto de la industrialización del teatro en dictadura, fueron las variantes en el teatro profesional independiente (estilo ICTUS) y los de corte aficionado como el teatro «popular». Es el primero de estos (profesional independiente), el que alcanza una estabilidad, aunque precaria, dentro de las artes escénicas. De hecho, es el nicho en donde se insertan los distintos actores exiliados con el fin de acomodarse nuevamente en el ambiente artístico post-autoritarismo ya institucionalizado gracias a pequeñas subvenciones por parte del Estado. De esta manera, si bien existe un aumento del público asistente al teatro, ésta se debe principalmente al crecimiento de casas de estudios que imparten la carrera a niveles masivos y a la sofisticación de los eventos, con artistas reconocidos o temáticas estereotipadas. Así desde la creación teatral y cultivo de la cultura se llega hasta la formalización de una producción escénica y consumo cultural.

En el ámbito de la plástica no es muy distinto al anterior. El consumo cultural comprendido, en este caso, como asistencia a exposiciones de artes visuales claramente ha aumentado. Desde la década del 80 la plástica es acompañada por el surgimiento de instituciones privadas que fomentan e instrumentalizan las artes visuales. Dentro de ellas podemos contar con la presencia de grandes corporaciones como CCU, Telefónica, Bank Boston y Chiletabacos, quienes han contado con programas de fomento a las artes, principalmente visuales. La plástica se trenza con la publicidad y con ello el fortalecimiento de galerías en lugares «top» del barrio alto. La publicidad y la instrumentalización corporativa son las piezas que sustentan el avance de galerías de arte que ofertan obras dirigidas a un público segmentado y previamente evaluado. Sin embargo, hay que mencionarlo, aún se tiene a los museos, como plataformas ya tradicionales dentro del mundo artístico, y ciertas galerías del ambiente no-oficial que podrían desarrollarse.

En cuanto a la música el cambio ha sido radical. Ya desde el siglo XIX la música representaba uno de los factores más importantes dentro del campo cultural. No obstante, si bien antes la práctica musical, es decir, cantar y tocar la música, era una necesidad para el cultivo de música; ahora se entiende bajo la suma de descargas vía Internet, la recepción radial, asistencia a eventos masivos o compras de discos compactos. La música, entendida como creación musical, viene siendo caníbalizada por la industria discográfica, y ésta por las redes de ordenadores «peer to peer» de Internet. Así, en la actualidad, hablar del público de música implica hablar de un público recluido en su hogar reproduciendo música en su computador o mini-componente; recluyendo a lo excepcional la creación y práctica musical.
Al parecer la institucionalización de un cierto modelo de producción cultural, acompañado de ciertos dispositivos de mercado que moldean las relaciones que ocurren dentro de lo cultural, son los ingredientes del circuito cultural en Chile. El avance tecnológico, entonces, comienza a fundirse en una sola pieza con la cultura, orientado, por supuesto, a un tipo de sociedad del espectáculo y la farándula. El carácter transversal que se encuentra es la producción cultural, salvaguardada por el marketing y la publicidad, dota de cierta profundidad en el imaginario colectivo. En la actualidad, por lo tanto, conviene hablar de producción cultural. De «producción», «consumo» y «mercado» cultural, donde la totalidad de productos artísticos se enmarca con mayor seguridad. Pero, ¿acaso no existe alguna exterioridad cultural a esto que hemos llamado «industria cultural»? Existe, pero no a los ojos de muchos o de manera directa y por imágenes (como sucede en el mercado de mensajes) sino que camuflada, mimetizada en otros ámbitos, como la vida cotidiana y las fiestas, por ejemplo. Así, la creación artística y el cultivo de la cultura que se podrían situar fuera de este aparataje industrial, es invisible a los ojos de la industria, pues de lo contrario serían cooptados por los mencionados «cazadores de talentos», quienes ya tienen aminorado su trabajo gracias al valor agregado de la fama y del estatus de ser conocido.

Por lo tanto existe una forma de cultivar la cultura, ya no mediante las cámaras de TV y asociaciones económicas, sino a través de una lucha por la cultura fuera de la industria masiva y el mercado de mensajes, enfrentada a nosotros mismos, en el quehacer diario, en el arte mismo de vivir. Esta política de vida, completamente distinta a la del artista-oferente de cuño industrial, se propone una reacción en cadena en contra de, por un lado, los artistas de su tiempo ligados con la diversión y la sociedad del espectáculo y, por otro lado, en contra de sí mismo intentando negar las tentaciones de la maquinaria cultural y a la vez auto-criticándose con el fin de ser novedoso en su creación. Ulteriormente al disciplinamiento cultural ocurrido bajo el régimen autoritario, la fragmentación cultural manifestada en la especificación de la especificación de las prácticas artísticas (por ello la falta de artistas integrales que transitan entre los distintos ámbitos de la artes), entronca como columna vertebral de la cultura chilena actual. Es solo el espíritu del artista, que busca la creación y no la (re)producción del arte, quien puede ubicarse como una excepción frente a la regla de la industria.

La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

*Publicada Abril 2011, Artefacto. Revista de Crítica política y cultural

El cambio de gobierno en Chile dejó al descubierto un sinnúmero de problemas a lo largo de la sociedad. Esto último, no sólo debido a sus estrategias políticas, sino, además, por sus errores y por la naturaleza de todo cambio de gobierno. En términos generales, el diagrama neoliberal instalado por la dictadura militar y perfeccionado por los gobiernos de la concertación ha llegado a una situación sin precedentes, pues sus posibilidades de sofisticación, a manos de la derecha chilena, son aún mayores. De modo que: instalación, perfeccionamiento y sofisticación.

El neoliberalismo en tanto diagrama de poder que cruza la sociedad, no tiene como objetivo último limitar la intervención en el mercado, sino más bien producir equilibrio y homeostasis social. Un sistema de protección social en un marco neoliberal a lo Bachelet es la mejor evidencia. Esta característica ha quedado de manifiesto con la ayuda a la banca luego de la crisis económica de 1983 en Chile o con la crisis suprime en EEUU y la intervención de Obama. Quizás éste fue una de los mayores refuerzos de los gobiernos de la Concertación: perfeccionar los mecanismos de control, ya no mediante la represión explícita y cotidiana vivida en dictadura, sino ahora mediante la introyección del miedo, el aumento del bienestar material en la población y la absorción de los conflictos y resistencias mediante las instituciones democrática-liberales.

Así las cosas, Piñera y sus tripulantes se ubican sobre un país gobernable. Sobre el sistema político, ya no es necesario modificar el sistema electoral binominal, puesto que en las últimas elecciones la alianza entre partidos oficialistas y el partido comunista sirvió de contención a las protesta de cambio del sistema electoral, pues ¿para qué cambiar un sistema, si gran parte de la izquierda extraparlamentaria, ya tiene representación parlamentaria? ¿Para qué cambiar el sistema, argüiría el gobierno de derecha, si los excluidos ya fueron incluidos? Asimismo, la constitución Chilena, que aparece librada de enclaves autoritarios luego del maquillaje del gobierno de Ricardo Lagos, sigue sosteniendo, en lo medular, un modelo de poder neoliberal: un principio de subsidiaridad que rige el rol del Estado.
En cuanto a la dinámica, el discurso piñerista reafirma el mantenimiento del equilibrio y la negación de los conflictos y resistencias. Se extiende un discurso estigmatizador del sujeto popular a partir de enunciaciones del delincuente o lo criminal y enfatizando la centralidad de la seguridad en la política de gobierno. Eslóganes como “la tercera es la vencida”, “la puerta giratoria” o la resignificación del pasado 29 de marzo, día del joven combatiente, en “día del joven delincuente” son los mejores exponentes de esta estrategia retórica. De esta manera, se instalan distintos modos de subjetivación en torno a la delincuencia y se posibilita un conjunto de prácticas represivas y preventivas en torno al espacio público. Los mecanismos de producción de este discurso son, además de los aparatos políticos por excelencia (partidos políticos, políticos profesionales, centros de estudios, etc.), los medios de comunicación. Por un lado se infunde temor y, por otro, de justifica la intervención policiaca o militar con fin mantener el orden, el equilibrio, el estatus quo.

La cultura y la política son los grandes perdedores de esta historia. Mientras que distintos medios de comunicación introyectan el morbo y el miedo a grandes escalas con programas de espectáculos, crímenes o problemas privados de las personas, la industria cultural arrasa con la publicidad y el marketing sobre músicos, actores, creativos y artistas en general. La política no sufre menormente. El espacio público se reduce, la contestación por parte de los sectores dominados disminuye, la resistencia es absorbida. Es hora, como habría dicho Jorge Alessandri Rodríguez, de la “revolución de los gerentes”; es decir, sujetos acomodados con afinidad al cálculo económico y matemático o, en palabras de Piñera, personas de carácter “técnico”. El reflejo en las carteras ministeriales es claro: 77% fueron estudiantes de la Universidad Católica, el 72% son ingenieros de profesión y el 63% de los ministros son socios de empresas. La cuestión queda manifiesta, la llegada de Piñera, sea planeado o no, da cuenta de su relación íntima con el negocio y el avance de una “forma de pensar” centrada en los medios y no en los fines. Es la mercantilización de la política y de la cultura el proceso detrás del cambio de gobierno. En definitiva, el neoliberalismo chileno ha inaugurado una nueva era, esa edad de Oro tan apetecida por los empresarios: el día en que nuestros sacerdotes modernos, los economistas, gobiernen un país como Chile.

Apropósito de la salud pública en Chile

Apropósito de la salud pública en Chile

*Publicada 24 de Abril 2012, Ballotage. Revista de Opinión Pública ISSN0719-0212

Con la denuncia del brote epidémico de la bacteria Clostridium Difficile en la Posta Central —y, luego, de una segunda bacteria— comenzó una historia en la cual participaron el ministro Mañalich, diputados de la oposición, médicos del hospital y hasta los familiares de Daniel Zamudio, coronándose con el cierre la unidad de quemados. La opción del gobierno fue bajarle el perfil a los gritos de la oposición y asegurar que la bacteria es común en el organismo y que no produce la muerte. El cierre del servicio fue una orden de las autoridades de la unidad asistencial, pero fue una medida momentánea al ser, 4 horas después, determinada su reapertura por el Minsal y así poner término a la “alharaca”. La disputa entre los médicos del hospital y el ministerio de Salud apareció como una lucha por la objetividad. Mientras que los primeros criticaban la “pseudotranquilidad” de las autoridades de gobierno  al no basarse en la realidad, los segundos apelaban a su neutralidad sustentada en estadísticas regionales en materia de salud y respondiendo con críticas a los diputados que apoyaron a los profesionales de la Posta Central por el nexo que establecieron con la muerte de Daniel Zamudio. Unos no eran neutrales porque no deseaban “alarmar a la gente” para mantener la imagen de “buen gobierno”, otros perdían objetividad al ser instrumentalizados por la oposición para obtener mayores créditos políticos. Detrás de las pretensiones de neutralidad se esconde una posición política.

¿Porqué cuidar la imagen de la salud chilena en la opinión pública? La salud entendida como bien colectivo cruza el nivel más denso del tejido social. Ya con la ilustración, aunque podría rastrearse más atrás, la vida humana se entrona como sagrada, destinada a resguardarse frente a los peligros. También esta idea está en los cimientos de la sociedad chilena. Deseamos un médico por televisión, comprar alimentos saludables, consumir sustancias naturales y una farmacia en cada esquina para mantenernos sanos. Asimismo, esta condición logra reflejarse fácilmente en las desigualdades de la sociedad chilena. Por más que el gobierno se compare con la región, los índices del club de países desarrollados al cual pertenecemos nos complica el panorama. Según la OCDE deberíamos tener 1 médico por cada 400 habitantes, pero en muchas localidades tenemos uno cada 890. La magnitud se expone toda vez que comunas ricas como Las Condes o Vitacura tienen 1 médico por cada 100 personas. Primero, las comunas con mejores ingresos tienen mejores índices de salud. Segundo, quienes tienen mayor capacidad de pago tienen salud de calidad. Esto se corrobora en las cifras: el 80% de los chilenos se atienden en el sistema de salud pública y ésta cuenta con bajos niveles de calidad en comparación al sector privado. Si los sueldos son los que mandan, los buenos médicos se trasladan al ámbito privado. Así, más allá de las cuestiones técnicas y científicas, lo cierto es que los alegatos de los trabajadores del hospital se dirigían a develar la precariedad de la situación de los hospitales públicos. Detrás del tildado “alarmismo” se decía: “trabajamos con bajos sueldos, precarias condiciones técnicas y con una gran demanda de pacientes”.

En un par de horas, personas aparecían en el frontis de la Posta Central gritando por sus derechos, por la muerte de uno de sus seres queridos o por un familiar enfermo. La denuncia se convirtió en escándalo y éste en “alharaca”. ¿Y cómo no? ¿Cómo no colgarse de este caso para reivindicar un derecho universal como es el de la salud? ¿Cómo no aprovechar de criticar al Estado y al gobierno de turno por la inequidad y mala calidad de la salud chilena? Una simple bacteria le hizo más difícil una semana al gobierno, pero puede ser más que eso. Una bacteria que puede calar hondo y que expone un tema pendiente: la salud en Chile no es muy buena y parece ser un factor estratégico tanto para las luchas sociales como para un gobierno que pretenda mejorar cualitativamente la situación del país. Una bacteria que expone una suerte de patología social, una desigualdad en la distribución de la salud en términos de profesionales, calidad de servicio y cobertura de enfermedades. Puede que este tema se agote muy pronto, como suelen hacerlo muchos otros temas en el debate público, pero puede también que se engarce con las deficiencias de otros hospitales, con los alegatos de otros enfermos o con los desaciertos del ministro. Cualquiera sea el caso, es algo de lo cual hay que hacerse cargo.

Los neonazis y los límites del pluralismo

Los neonazis y los límites del pluralismo

*Publicada 8 Marzo 2012, Ballotage. Revista de Opinión Pública ISSN0719-0212

El sábado 3 de marzo un joven de 24 años ingresaba a la Posta Central debido a una paliza dada por un presunto grupo neonazi. El cuerpo de Daniel Zamudio había sido marcado tal cual se hacía en la Alemania de Hitler, pero esta vez con cigarrillos encendidos, golpes y esvásticas en su piel. Se tildó de un tipo de violencia “inusual” que se caracteriza por marcar el cuerpo y dejar una inscripción en la carne, como los estigmas. Pero no sólo eso, detrás de la brutal golpiza se encontraba otro asunto, ésta operó ya sobre otra marca. Un estigma sobre otro estigma: ser homosexual.

El motivo por el cual el grupo de neonazis decidió arremeter contra Zamudio era su condición sexual. En la opinión pública esta violencia contra la homosexualidad también fue el eje que dio forma a los debates. A raíz de esto, el ejecutivo le puso urgencia a la llamada ley “anti-discriminación” y Ricky Martín publicó un mensaje en su cuenta de Twitter para solidarizar con las minorías sexuales (instalando de paso uno de los “temas más hablados del momento”). Sin ir más lejos, el caso aparece en los medios de comunicación a partir de una denuncia del MOVILH (Movimiento Chileno de Minorías Sexuales). Sin duda, el foco del problema fue la discriminación hacia las minorías sexuales. La paliza neonazi, su ejemplificación.

Esto me provocaba sospecha. Me parecía que si bien es relevante y central ir en contra de la discriminación a minorías sexuales, centrar el debate en la minoría escondía una realidad de la sociedad chilena que no se ha afrontado aún: los grupos nacional-socialistas en la vida pública. Y, por otro lado, me resultaba sospechoso que no se aceptara que la golpiza que lo dejó con los paramédicos se sustentara en una estigmatización de la homosexualidad que cruza la mayoría de la sociedad chilena; es decir, la paliza neonazi es la discriminación social que se vive a diario, pero llevada al paroxismo, hasta el extremo.

Los neonazis no dejan de ser un fenómeno interesante, susceptible de estudio. En Chile, han permanecido durante gran parte de la historia contemporánea. Con una mirada a la historia reciente, podremos recordar cómo entre 1998 y 2000 se realizó un encuentro ideológico nacional-socialista, gestándose el movimiento Patria Nueva Sociedad y la creación de una red continental sudamericana. El 2006, poco antes del movimiento de estudiantes secundarios, también los neonazi aparecieron en la prensa por un crimen similar. La muerte de un joven Punk en el persa Bío-Bío (Tomás Vílchez), pero esta vez ya no por su homosexualidad sino por su ideología, ser un punk-antifascista. En este caso, al avanzar la investigación se encontraron células organizadas en gimnasios de artes marciales, oficiales de las Fuerzas Armadas y ex uniformados. Así puestas las cosas, cabe preguntarse ¿No merecen, apropósito de lo sucedido estos días, los neonazi en Chile una reflexión detenida? ¿Hay que tolerarlos e incluirlos en el orden democrático, dándoles la oportunidad que compitan por el poder político o prohibirles su acceso? ¿Debe dar lo mismo lo que piensan las personas mientras que no pasen a llevar la libertad de cada cual?

Cuando un tema se instala en los medios, difícilmente puedes escaparte de ellos. Que un joven homosexual se encontrara en coma inducido por el ataque de unos neonazi, podía ser leído en la prensa, visto en televisión, escuchado en la radio o encontrado en las redes sociales y sus trending topics. En la radio, los auditores repudiaban el acto, pero no el pensamiento de los neonazi. “Si es neonazi da igual, lo que importa es que se cumpla la ley”, decían algunos. “Yo creo que hay que ser tolerante y no perseguir a la gente por sus pensamientos”, decían otros. Se repudiaba la violencia, pero no su doctrina de pensamiento. Con ello, se apelaba a la tolerancia y libertad de pensamiento, al pluralismo. Al parecer el discurso de la tolerancia, cierto discurso, era parte del sentido común. Tolerar es bueno, así que hagámoslo con ganas y a todos. Esto decía el auditor común y corriente, el ciudadano de a pie.

No deja de ser llamativo que, así como este discurso de la tolerancia sin límites, la estigmatización del homosexual también hace lo suyo al interior del sentido común de la mayoría de los chilenos. Mientras que todos pregonamos la tolerancia, inclusive a los neonazi, discriminamos por medio de chistes (recuérdese las multas a canales de televisión por bromas homofóbicas) y un sinnúmero de etiquetas y eufemismos. Gran paradoja. En sentido estricto, el tolerante no discriminaría a una persona por su condición sexual, sin embargo lo hacen. ¿Por qué? Porque pensar en una tolerancia sin límites es transformarla en su reverso: la discriminación. Así, el doble estándar chileno aparece en todo su esplendor.

El problema no es que se discrimine per se, sino a quién y por qué se discrimina. Creo que eso es lo que está en juego en el centro de la teoría liberal de la democracia. Lo que no se entiende desde el sentido común es que la tolerancia no es ilimitada, que el pluralismo tiene límites y supone ciertas cosas que son necesarias para justificarlo. Cuando tomamos un concepto y lo estiramos hasta el infinito se vacía de contenido, perdiendo todo sentido original. Para tolerar hay que intolerar, he ahí el límite del pluralismo. ¿Puede la democracia incluir a un partido que tiene como objetivo destruirla? ¿Podemos los ciudadanos tolerar a otros que enarbolan la destrucción de la diferencia? La tolerancia supone que debemos intolerar al intolerante. En una comunidad de hombres libres no puede permitirse que, a través de esa libertad, se destruya la de los demás. Por eso tiene sentido que sea reprochable la creación de un partido nazi o cualquier otro que vaya contra los cimientos del pluralismo. Del club de los pluralistas, los discriminadores quedan fuera, así es la cosa. Aceptando esta simple sentencia, es que todo pluralista puede negarse a la existencia de un partido como el nazi, como también abogar por la no-discriminación de las minorías sexuales